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Las stablecoins parecían una respuesta nacida fuera del sistema. Eran el atajo cripto para mover dólares sin pedirle permiso a los bancos, para enviar dinero a otro país sin esperar días, para protegerse de monedas locales débiles y para operar en mercados que nunca duermen. En cierto modo, fueron el primer gran producto financiero de uso masivo que demostró que el dinero también podía circular como software.
Pero ahora empieza una etapa distinta.
Lo interesante ya no es solo que las stablecoins crezcan dentro del mundo cripto. Lo verdaderamente importante es que los bancos tradicionales están entrando en ese terreno. Y cuando los bancos entran, no lo hacen para jugar a la innovación: lo hacen para quedarse con una parte de la infraestructura.
Japón es una buena señal de hacia dónde se mueve el tablero. Sus tres mayores bancos —MUFG, Sumitomo Mitsui y Mizuho— han avanzado planes para emitir stablecoins durante el año fiscal que termina en marzo de 2027. No hablamos de una startup cripto tratando de convencer al mercado, sino de bancos sistémicos explorando una nueva forma de dinero digital respaldado por instituciones tradicionales.
Europa también se está moviendo. Un consorcio bancario europeo, agrupado alrededor de la empresa Qivalis, ha sumado decenas de bancos a un proyecto de stablecoin en euros. La idea no es menor: crear una alternativa europea frente al dominio de las stablecoins en dólares y frente al peso de empresas estadounidenses en la infraestructura de pagos digitales.
Ese es el punto central: las stablecoins dejaron de ser solo una herramienta cripto y empiezan a convertirse en una disputa geopolítica, bancaria y regulatoria.
Hasta ahora, la mayoría de las stablecoins relevantes están vinculadas al dólar. Tether y USDC dominan el mercado porque ofrecen algo simple: una representación digital del dólar que se mueve rápido, funciona 24/7 y puede circular por billeteras, exchanges, protocolos DeFi y redes globales sin pasar por los canales bancarios tradicionales. Para millones de personas fuera de Estados Unidos, eso no es una curiosidad tecnológica; es una solución práctica.
El caso de Nigeria lo muestra con claridad. El FMI ha señalado que los nigerianos están usando cada vez más stablecoins vinculadas al dólar para transferencias transfronterizas, atraídos por alternativas más rápidas y baratas frente a canales tradicionales. Entre julio de 2023 y junio de 2024, Nigeria recibió alrededor de 59,000 millones de dólares en flujos cripto, y concentró cerca del 60% de la actividad con stablecoins en África subsahariana.
Eso nos dice algo que también aplica a América Latina: cuando las remesas son caras, cuando la moneda local pierde confianza, cuando abrir una cuenta internacional es difícil y cuando los bancos se sienten lentos, la gente busca otra vía. Y esa vía, cada vez más, puede ser una stablecoin.
Pero aquí aparece la paradoja.
Las stablecoins nacieron como una forma de evitar la fricción bancaria. Sin embargo, su adopción masiva probablemente necesitará justamente aquello que el mundo cripto decía querer dejar atrás: bancos, regulación, licencias, custodios, cumplimiento normativo y supervisión estatal.
No porque la tecnología no funcione. Funciona. El problema es otro: para que una stablecoin sea usada por empresas, fondos, bancos, comercios, gobiernos y millones de usuarios comunes, necesita algo más que velocidad. Necesita confianza. Necesita garantías sobre las reservas. Necesita claridad jurídica. Necesita saber quién responde si algo falla. Necesita rampas locales para entrar y salir. Necesita integración con cuentas bancarias, tarjetas, comercios, nóminas, remesas y pagos cotidianos.
Ahí es donde entra el sistema tradicional.
Los bancos han entendido que la tokenización no es una moda cripto, sino una nueva capa operativa del sistema financiero. Si los activos reales pueden tokenizarse, si los bonos pueden liquidarse en blockchain, si los fondos monetarios pueden moverse como tokens y si las acciones pueden negociarse en mercados extendidos, entonces hace falta una forma de dinero digital que sirva como combustible de esa infraestructura.
Ese dinero puede ser una CBDC, emitida por un banco central. Puede ser una stablecoin privada, emitida por una empresa cripto. O puede ser una stablecoin bancaria, emitida o respaldada por instituciones financieras reguladas. La disputa de los próximos años estará precisamente ahí: quién emite el dinero digital, bajo qué reglas, en qué moneda y sobre qué redes.
Estados Unidos tiene una ventaja natural: el dólar. Si las stablecoins globales siguen siendo mayoritariamente dólares tokenizados, la influencia del dólar podría extenderse todavía más en el mundo digital. Para países con monedas débiles, eso puede ser útil a nivel individual, pero incómodo a nivel macroeconómico. La gente gana acceso a una moneda más estable, pero los bancos centrales pierden control sobre parte de la circulación monetaria.
Europa lo sabe. Por eso el impulso de una stablecoin en euros no es solo financiero; también es político. Se trata de no quedar atrapados en una infraestructura global donde el dólar digital privado sea el estándar por defecto. Pero el propio Banco Central Europeo ha mostrado preocupación: más stablecoins podrían afectar la capacidad de los bancos para prestar y complicar el control de las tasas de interés.
Esa tensión será permanente.
Por un lado, los bancos quieren innovar para no perder el negocio de los pagos, las liquidaciones y la custodia digital. Por otro lado, los bancos centrales temen que una proliferación de stablecoins debilite la política monetaria, reduzca depósitos bancarios o cree nuevos riesgos sistémicos. Y en el medio están los usuarios, que no piensan en geopolítica monetaria cuando mandan dinero a su familia: piensan en costo, rapidez y facilidad.
Ahí América Latina tiene una oportunidad y un problema.
La oportunidad es evidente. La región recibe miles de millones de dólares en remesas, tiene una población joven, alta penetración móvil, economías con informalidad elevada y muchas personas subatendidas por el sistema financiero tradicional. En ese contexto, una stablecoin bien integrada podría reducir costos, acelerar pagos y abrir acceso a servicios financieros globales.
Pero el problema también es evidente. Sin buena experiencia de usuario, sin educación financiera, sin regulación clara, sin rampas locales confiables y sin protección frente a fraudes, las stablecoins pueden quedarse como herramienta de nicho o convertirse en un riesgo más para usuarios vulnerables. No basta con que el token exista. Hace falta infraestructura alrededor.
Ese es el error que muchas veces se comete al hablar de dinero digital: pensar que la innovación está en el token. En realidad, la innovación está en la red completa. Está en la custodia, la identidad, la regulación, la interoperabilidad, los comercios, las billeteras, los bancos, las APIs, las reservas, la liquidez y la confianza.
Por eso las stablecoins bancarias importan.
No necesariamente porque sean más “puras” tecnológicamente que las stablecoins cripto. De hecho, probablemente serán más controladas, más reguladas y menos abiertas. Pero pueden convertirse en el puente que el sistema tradicional necesita para entrar de lleno en la economía tokenizada. Y cuando eso ocurra, la frontera entre banco, fintech, exchange, billetera digital y red blockchain será cada vez más difusa.
El banco del futuro quizá no se parezca a una sucursal. Puede parecerse más a una capa de servicios financieros conectada a redes programables. Una empresa podrá recibir pagos internacionales casi en tiempo real. Un exportador podrá liquidar operaciones sin esperar varios días bancarios. Un trabajador migrante podrá enviar dinero a su familia con menos fricción. Un fondo podrá comprar activos tokenizados y liquidarlos con dinero digital regulado. Un comercio podrá aceptar pagos en moneda tokenizada y convertirlos automáticamente a moneda local.
Pero ese futuro no será neutral.
Quien controle la stablecoin controlará parte de la relación con el usuario. Quien controle la billetera controlará los datos. Quien controle la rampa de entrada y salida controlará la liquidez. Quien controle la regulación decidirá quién puede participar y bajo qué condiciones. Y quien logre convertir su moneda en el estándar digital de pagos tendrá una ventaja enorme en la próxima etapa financiera.
Por eso la discusión sobre stablecoins no debe verse como un asunto técnico reservado para criptoentusiastas. Es una discusión sobre infraestructura económica. Del mismo modo que los puertos, las carreteras, los cables submarinos y los centros de datos definen la capacidad de una economía para conectarse con el mundo, las stablecoins pueden definir cómo se moverá el dinero en la próxima década.
La pregunta ya no es si las stablecoins sobrevivirán. La pregunta es quién las institucionalizará.
Puede que las primeras hayan nacido en el margen del sistema, pero las próximas podrían venir desde su centro: bancos, procesadores de pago, gestores de activos, gobiernos y consorcios financieros. Esa transición cambiará el carácter del fenómeno. Las stablecoins dejarán de presentarse solo como rebeldía cripto y empezarán a funcionar como infraestructura financiera regulada.
Y ahí está la gran tesis para observar en 2026: el dinero digital no está llegando para destruir necesariamente al sistema tradicional; está llegando para obligarlo a reescribirse.
Los bancos que entiendan esto temprano no solo emitirán tokens. Construirán nuevas vías de liquidación, nuevos productos, nuevos mercados y nuevas formas de relación con sus clientes. Los que lo ignoren podrían descubrir demasiado tarde que el negocio de mover dinero ya no depende únicamente de horarios bancarios, corresponsales internacionales y sistemas heredados.
Las stablecoins bancarias son, en el fondo, una señal de época. Nos dicen que la tokenización dejó de ser una promesa periférica y empezó a entrar en la sala principal del sistema financiero.
Primero fueron los criptoactivos. Luego vinieron los fondos tokenizados, los bonos en blockchain y los activos reales. Ahora viene el dinero mismo.
Y cuando el dinero cambia de forma, todo lo demás termina cambiando con él.